Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov QuerÃa rogarle, mi querido Alexei Fiodorovitch, que fuera a casa de ese hombre con un pretexto cualquiera, y, delicadamente, prudentemente, como sólo usted es capaz de hacerlo —al oÃr esto Aliocha enrojeció—, le entregara este donativo, estos doscientos rublos... Sin duda, los aceptará, pero, si se resiste, usted debe convencerle de que los tome. Sepa usted que esto no es una indemnización para evitar que él denuncie el caso..., cosa que querÃa hacer, según tengo entendido.
Esto es simplemente una demostración de simpatÃa, el deseo de acudir en su ayuda. Los debe entregar usted en mi nombre, como prometida a Dmitri Fiodorovitch, y no en nombre de su hermano... Hubiera ido yo misma, pero he pensado que usted lo hará mejor que yo. Vive en la calle del Lago, en casa de la señora de Kalmykov. Por el amor de Dios, Alexei Fiodorovitch, hágame este favor... Estoy un poco... fatigada. Adiós.
Y desapareció tan rápidamente detrás de una puerta, que Aliocha no tuvo tiempo de decirle ni una palabra. Hubiera querido pedirle perdón, acusarse a sà mismo, pues su corazón rebosaba de arrepentimiento y él no querÃa marcharse asÃ.
Pero la señora Khokhlakov lo cogió del brazo y se lo llevó. Ya en el vestÃbulo, lo detuvo.
—Es orgullosa —dijo a media voz—, lucha contra sà misma, pero en el fondo es buena, amable, generosa. Cada vez la quiero más; la alegrÃa ha vuelto a mÃ.