Los hermanos Karamazov

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—No se lo ha quedado —repuso Aliocha—. Ha ocurrido algo extraordinario.

Alexei Fiodorovitch simulaba también tener concentrado su interés en este asunto. Sin embargo, Lise leía en su mirada que su pensamiento estaba en otra parte.

Aliocha se sentó y empezó su relato. Apenas pronunció las primeras palabras, dejó de sentirse cohibido y logró cautivar a Lise. Hallándose aún bajo la influencia de las emociones que acababa de experimentar, refirió su visita con gran número de detalles impresionantes. En Moscú, cuando Lise era todavía una niña, a él le encantaba ir a verla para contarle su última aventura, algo que había leído y le había impresionado, o para recordar algún episodio de la infancia. A veces soñaban al unísono y componían verdaderas novelas, generalmente alegres. En aquel momento estaban reviviendo escenas de su vida de dos años atrás. Lise se sintió profundamente impresionada ante el relato de Aliocha. Éste pintó a Iliucha con vigorosos rasgos, y cuando le describió con todo detalle la escena en que el desgraciado había pisoteado los billetes, Lise enlazó las manos y exclamó:

—Entonces, ¿no le ha dado el dinero, lo ha dejado usted que se fuera? Debió usted correr detrás de él, alcanzarlo...


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