Los hermanos Karamazov

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—No, Lise: es mejor que haya ocurrido así —replicó Aliocha levantándose y empezando a pasear por la estancia con un gesto de preocupación.

—¿Cómo puede haber sido mejor? ¿Por qué? Se van a morir de hambre.

—No, no se morirán, pues tendrán los doscientos rublos. Ese hombre los aceptará mañana.

Aliocha se detuvo de pronto ante la joven.

—He cometido un error —dijo—, pero esta equivocación ha tenido felices consecuencias.

—¿Por qué?

—Ahora mismo se lo voy decir. Ese hombre es un cobarde, un ser débil, un corazón agotado. No ceso de preguntarme por qué razón se ha sulfurado tan de repente. Pues estoy seguro de que hasta el último momento no le ha pasado por la imaginación pisotear el dinero. Pues bien, creo haber descubierto más de una explicación a su conducta. Ante todo, no ha sabido disimular la alegría que ha sentido al ver el dinero. Si hubiera hecho remilgos, como es corriente en tales casos, al fin se habría resignado a aceptarlo; pero después de haber manifestado tan francamente su alegría, no ha podido menos de dar un respingo. Como ve usted, en tales casos la sinceridad no tiene utilidad alguna. El infeliz hablaba con voz tan débil y con tal rapidez, que daba la impresión de estar llorando sin cesar.


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