Los hermanos Karamazov

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—Esto es incomprensible —exclamó Lise mirando a Aliocha con gesto de estupor.

—Oiga, Lise: si en vez de pisotear los billetes los hubiera aceptado, es casi seguro que una hora después, al llegar a casa, habría llorado de humillación. Y

mañana hubiese venido a arrojármelos a la cara, y tal vez los habría pisoteado como acaba de hacer. Ahora, en cambio, se ha marchado triunfalmente, aun sabiendo que va a su perdición. Pues bien, nada es más fácil en estos momentos que obligarle a aceptar esos doscientos rublos, y mañana mismo, no más tarde, pues ha satisfecho su honor pisoteando el dinero. Necesita urgentemente esta cantidad y, por orgulloso que sea, no dejará de pensar en la ayuda de que él mismo se ha privado. Sobre todo, pensará en ello, a incluso lo soñará, esta noche. Tal vez mañana por la mañana venga a verme y a excusarse. Entonces yo le diré: «Es usted un hombre digno, bien lo ha demostrado. Ahora acepte el dinero y perdónenos.» Y él lo aceptará.

Aliocha pronunció estas últimas palabras —«y él lo aceptará»— con una especie de embriaguez. Lise batió palmas.

—¡Es verdad! ¡Lo he comprendido todo de golpe! ¿Cómo sabe usted esas cosas, Aliocha? Tan joven, y ya conoce el corazón humano. Nunca lo hubiera creído.


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