Los hermanos Karamazov

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—Venga, Alexei Fiodorovitch —dijo Lise con un rubor que crecia por momentos—. Déme su mano. Así. Escuche, he de hacerle una importante confesión. Lo que le dije ayer en mi carta no fue una broma, lo dije en serio.

Se cubrió los ojos con una mano. Era evidente que la declaración le costaba un gran esfuerzo. De súbito se llevó la mano de Aliocha a los labios y estampó en ella tres fuertes besos.

—¡Magnífico, Lise! —exclamó Aliocha gozosamente—. Ya sabía yo que lo había dicho en serio.

—¡El muy presuntuoso!

Alejó de si la mano de Aliocha, aunque sin soltarla, enrojeció y tuvo una risita de felicidad.

—Le beso la mano y esto le parece magnífico.

Pero el reproche no era justo: Aliocha estaba también profundamente turbado.

—Yo quisiera serle siempre agradable, Lise —murmuró Alexei enrojeciendo—

, pero no sé qué hacer para conseguirlo.

—Mi querido Aliocha, es usted un hombre frio y presuntuoso. ¡Habráse visto!

Se ha dignado elegirme por esposa y está tan tranquilo. El hombre estaba seguro de que le había hablado en serio en mi carta. Eso es presunción.

—¿Habré hecho mal en sentirme seguro? —exclamó Aliocha riendo.


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