Los hermanos Karamazov

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—No, todo lo contrario.

Lise le miró con ternura. Aliocha retenía la mano de ella en la suya. De pronto, Alexei se inclinó y la besó en la boca.

—¿Qué es eso? ¿Qué hace usted? —exclamó Lise.

Aliocha estaba visiblemente trastornado.

—Perdóneme... He hecho una tontería... Usted me ha acusado de ser frio, y por eso la he besado... He sido un estúpido.

Lise se echó a reír y se cubrió la cara con las manos.

—¡Lo que parece con ese hábito!

Pero de pronto se detuvo y se puso sería.

—No, Aliocha; dejemos los besos para más adelante. Ni usted ni yo sabemos todavía nada de estas cosas. Hay que esperar aún mucho tiempo. Ante todo, dígame por qué ha escogido por esposa a una muchacha ridícula y enferma como yo, siendo usted un hombre tan inteligente, de tanta penetración y tan aficionado a meditar. Aliocha, soy muy feliz, porque estoy indignada con usted.

—No, Lise; no se enoje conmigo. Pronto dejaré el monasterio. Y cuando vuelva al mundo, tendré que casarme. Lo haré, porque el starets me lo ha ordenado. ¿A quién puedo encontrar que sea mejor que usted y que me acepte como usted me acepta? Ya he pensado en todo esto. Ante todo, usted me conoce desde la infancia.


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