Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Además, usted tiene muchas cualidades que me faltan a mi. Usted es más alegre que yo, y sobre todo más ingenua, pues yo he penetrado ya en muchas cosas...
¡Ah, hay algo que no sabe, y es que soy un Karamazov! ¿Qué importa que usted se rÃa y se burle, aunque la vÃctima sea yo...? Usted se rie como una niña ingenua, pero se atormenta pensando.
—¿Que yo me atormento? ¿Qué quiere usted decir?
—SÃ, Lise; se atormenta. Usted me ha preguntado hace un momento si no es un acto de desdén hacia ese desgraciado analizar su alma a fondo, y ésta es una pregunta dolorosa... No sé explicar el motivo, pero los que se hacen esas preguntas son propicios al sufrimiento. Usted debe de pensar mucho en su sillón.
—Aliocha, déme la mano. ¿Por qué la ha retirado? —murmuró Lise con voz ahogada por la felicidad—. Oiga: ¿cómo se vestirá cuando deje el monasterio? No se rÃa. Tampoco quiero que se enfade. Esto es muy importante para mÃ.
—No he pensado en eso todavÃa. Pero me vestiré como usted prefiera.
—Me gustarÃa que llevara una chaqueta de terciopelo azul oscuro, un chaleco de piqué blanco y un sombrero de fieltro gris... DÃgame: hace un rato, cuando le he dicho que no era verdad lo que le dije en mi carta de ayer, ¿ha creÃdo usted que no le amaba?
—No, no lo he creÃdo.