Los hermanos Karamazov

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—Es usted insoportable, incorregible.

—Yo sabía que usted me amaba, pero he fingido creer lo contrario para complacerla.

—Eso es peor todavía... Peor y mejor... Aliocha, le adoro. Antes de que usted llegara, me he dicho: «Le pedirás la carta que le enviaste ayer, y si te la da, como es propio de él, esto te demostrará que no lo quiere, que es insensible, que es una criatura, un tonto, y entonces estarás perdida.» Pero usted se ha dejado la carta en su celda, y esto me ha animado. ¿No lo ha hecho porque esperaba que se la pidiese y quería tener un pretexto para no devolvérmela?

—Pues no, Lise, ya que llevo la carta encima y la llevaba cuando usted me la ha pedido. La llevo en este bolsillo. Mírela. Aliocha sacó la carta y se la mostró, riendo y manteniéndola fuera de su alcance.

—Pero no se la daré. Se tendrá que conformar con mirarla.

—¿De modo que ha mentido usted, un monje?

—Sí, he mentido, pero lo he hecho para no devolverle la carta.

Volvió a enrojecer y añadió con vehemencia:

—¡Y no se la entregaré a nadie!

Lise le miró embelesada.

—Aliocha —susurró—, vaya a ver si mamá nos está escuchando.


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