Los hermanos Karamazov

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—Bien, Lise; lo veré. ¿Pero no sería preferible no hacerlo?

¿Cómo puede sospechar que su madre sea capaz de semejante bajeza?

—Yo no veo en ello ninguna bajeza. Mi madre tiene derecho a velar por su hija. Le aseguro, Alexei Fiodorovitch, que cuando yo sea madre y tenga una hija como yo, también la vigilaré.

—Pues eso no está bien.

—¿Pero qué mal puede haber en ello, Dios mío? Escuchar una conversación de otros sería una vileza, pero se trata de una hija que está hablando a solas con un joven... Sepa usted, Aliocha, que le vigilaré cuando nos casemos. Abriré todas las cartas para leerlas... Ya le he avisado.

—Si tanto le importa... Pero no estará bien.

—Aliocha, querido, no empecemos a discutir ya. Sin embargo, prefiero hablarle francamente. Sé que está mal escuchar detrás de las puertas; usted tiene razón y yo no la tengo; pero esto ng me impedirá escuchar.

—Puede hacerlo, pero le aseguro que no me atrapará —dijo Aliocha riendo.

—Otra cosa: ¿me obedecerá usted en todo? Esto también hay que decidirlo por anticipado.


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