Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Le obedeceré de buen grado, Lise, pero no en las cosas fundamentales. En este caso, aunque usted no esté de acuerdo conmigo, sólo me someteré a mi conciencia.
—Asà debe ser. Sepa usted que yo estoy decidida a obedecerle, no sólo en los casos graves, sino en todo. Se lo juro: en todo y siempre —exclamó Lise apasionadamente—. Y lo haré con alegrÃa. También le juro que no escucharé nunca detrás de las puertas ni leeré sus cartas, pues comprendo que time usted razón. Por mucha que sea mi curiosidad, me contendré, ya que a usted le parece una vileza. Desde ahora será usted mi providencia... Oiga, Alexei Fiodorovitch:
¿por qué está usted tan triste estos dÃas? Yo sé que time usted ciertos pesares, pero, además, observo en usted una tristeza oculta.
—SÃ, Lise: tengo una tristeza oculta. Ya veo que me ama: que lo haya adivinado es una buena prueba de ello.
—¿Y cuál es la causa de esa tristeza, si puede saberse? —preguntó tÃmidamente Lise.
Aliocha se turbó.
—Ya se la diré más adelante, Lise. Ahora no lo comprenderÃa. Y vo no sabrÃa explicarme.
—Sé también que sufre usted a causa de sus hermanos y de su padre.