Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov »No es asà como Él prometió venir, al final del tiempo, en toda su gloria celestial, súbitamente, « como el relámpago que brilla desde Oriente hasta Occidente» . No, no ha venido asÃ; ha venido a ver a sus niños, precisamente en los lugares donde crepitan las hogueras encendidas para los herejes. En su misericordia infinita, desciende a mezclarse con los hombres bajo la forma que tuvo durante los tres años de su vida pública. Vedlo en las calles radiantes de la ciudad meridional, donde precisamente el dÃa anterior el gran inquisidor ha hecho quemar un centenar de herejes ad majorem Dei gloriam, en presencia del rey, de los cortesanos y los caballeros, de los cardenales y las más encantadoras damas de la corte. Ha aparecido discretamente, procurando que nadie lo vea, y, cosa extraña, todos lo reconocen. Explicar esto habrÃa sido uno de los más bellos pasajes de mi poema. AtraÃdo por una fuerza irresistible, el pueblo se apiña en torno de Él y sigue sus pasos. El Señor se desliza en silencio entre la muchedumbre, con una sonrisa de infinita piedad. Su corazón se abrasa de amor, en sus ojos resplandecen la luz, la sabidurÃa, la fuerza. Su mirada, radiante de amor, despierta el amor en los corazones. El Señor tiende los brazos hacia la multitud y la bendice. El contacto con su cuerpo, incluso con sus ropas, cura todos los males. Un anciano que está ciego desde su infancia grita entre la muchedumbre: «¡Señor: cúrame, y asà podré verte!» Entonces cae de sus ojos una especie de escama, y el ciego ve. El pueblo derrama lágrimas de alegrÃa y besa el suelo que Él va pisando. Los niños arrojan flores en su camino. Se oyen cantos y gritos de «¡Hosanna!» . La multitud exclama: «¡Es Él, no puede ser nadie más que Él!» Se detiene en el atrio de la catedral de Sevilla, y en este momento llega un grupo de gente que transporta un pequeño ataúd blanco donde descansa una niña de siete años, hija única de un personaje. La muerta está cubierta de flores.