Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov »Como un solo hombre, el pueblo se inclina hasta tocar el suelo ante el anciano inquisidor, que lo bendice sin pronunciar palabra y continúa su camino. Se conduce al prisionero a la vieja y sombría casa del Santo Oficio y se le encierra en una estrecha celda abovedada. Se acaba el día, llega la noche, una noche de Sevilla, cálida, bochornosa. El aire está saturado de aromas de laureles y limoneros. En las tinieblas se abre de súbito la puerta de hierro del calabozo y aparece el gran inquisidor con una antorcha en la mano. Llega solo. La puerta se cierra tras él. Se detiene junto al umbral, contempla largamente la Santa Faz. Al fin se acerca a Él, deja la antorcha sobre la mesa y dice:
»—¿Eres Tú, eres verdaderamente Tú?
»No recibe respuesta. Añade inmediatamente:
»—No digas nada; cállate. Por otra parte, ¿qué podrías decir? Demasiado lo sé.
No tienes derecho a añadir ni una sola palabra a lo que ya dijiste en otro tiempo.