Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov »En este momento pasa por la plaza el cardenal que ostenta el cargo de gran inquisidor. Es un anciano de casi noventa años, rostro enjuto y ojos hundidos, pero en los que se percibe todavía una chispa de luz. Ya no lleva la suntuosa vestidura con que se pavoneaba ante el pueblo cuando se quemaba a los enemigos de la Iglesia romana: vuelve a vestir su viejo y burdo hábito. A cierta distancia le siguen sus sombríos ayudantes y la guardia del Santo Oficio. Se detiene y se queda mirando desde lejós el lugar de la escena. Lo ha visto todo: el ataúd depositado ante El, la resurrección de la muchacha... Su semblante cobra una expresión sombría, se fruncen sus pobladas cejas y sus ojos despiden uña luz siniestra.
Señala con el dedo al que está ante el ataúd y ordena a su escolta que lo detenga.
Tanto es su poder y tan acostumbrado está el pueblo a someterse a su autoridad, a obedecerle temblando, que la muchedumbre se aparta para dejar paso a los esbirros. En medio de un silencio de muerte, los guardias del Santo Oficio prenden al Señor y se lo llevan.