Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov En vez de someterse a las duras leyes de la antigüedad, el hombre tendría desde entonces que discernir libremente el bien y el mal, no teniendo más guía que la de tu imagen, y no previste que al fin rechazaría, a incluso pondría en duda, tu imagen y tu verdad, abrumado por la tremenda carga de la libertad de escoger. Al fin exclamaron que la verdad no estaba en ti, ya que sólo así se explicaba que hubieras podido dejarlos en una incertidumbre tan angustiosa, con tantos cuidados y problemas insolubles. Así llevaste a la ruina tu reinado; por lo tanto, no acuses a nadie de ella. ¿Acaso fue esto lo que se te propuso? Sólo hay tres fuerzas capaces de subyugar para siempre la conciencia de esos débiles revoltosos: el milagro, el misterio y la autoridad. Tú rechazaste las tres para dar un ejemplo. El Espíritu terrible y profundo lo transportó a la cúspide del templo y dijo: “¿Quieres saber si eres el hijo de Dios? Arrójate desde aquí, pues está escrito que los ángeles deben sostenerlo y llevárselo, de modo que no sufrirá el menor daño. Entonces sabrás que eres el hijo de Dios y, además, demostrarás que tienes fe en tu Padre.” Pero Tú rechazaste esta proposición: no te quisiste arrojar. Demostraste entonces una arrogancia sublime, divina; pero los hombres son seres débiles y rebeldes, no dioses. Tú sábías que al dar un paso, al hacer el menor movimiento para lanzarte, habrías tentado al Señor y perdido la fe en Él. Te habrías estrellado, para regocijo de tu tentador, sobre esta misma tierra que venias a salvar. ¿Pero hay muchos como Tú? ¿Puedes tener la más remota sospecha de que los hombres tendrían la entereza necesaria para hacer frente a semejante tentación? ¿Es propio de la naturaleza humana rechazar el milagro y en los momentos críticos de la vida, ante las cuestiones capitales, atenerse al libre impulso del corazón? ¡Ah! Tú sabías que tu entereza de ánimo se describiría en las Sagradas Escrituras, subsistiría a través de las edades y llegaría a las regiones más lejanas, y esperabas que, siguiendo tu ejemplo, el hombre no necesitara el milagro para amar a Dios. Ignorabas que el hombre no puede admitir a Dios sin el milagro, pues es sobre todo el milagro lo que busca. Y como no puede pasar sin él, se forja sus propios milagros y se inclina ante los prodigios de un mago o los sortilegios de una hechicera, aunque sea un rebelde, un hereje, un impío recalcitrante. No descendiste de' la cruz cuando se burlaban de ti y te gritaban entre risas: “¡Baja de la cruz y creeremos en ti!” No lo hiciste porque de nuevo te negaste a subyugar al hombre por medio de un milagro.