Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Incluso les permitiremos pecar, ya que son débiles, y por esta concesión nos profesarán un amor infantil. Les diremos que todos los pecados se redimen si se cometen con nuestro permiso, que les permitimos pecar porque los queremos y que cargaremos nosotros con el castigo. Y ellos nos mirarán como bienhechores al ver que nos hacemos responsables de sus pecados ante Dios. Y ya nunca tendrán secretos para nosotros. Según su grado de obediencia, nosotros les permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres o con sus amantes, tener o no tener hijos, y ellos nos obedecerán con alegrÃa. Nos expondrán las dudas más secretas y penosas de su conciencia, y nosotros les daremos la solución, sea el caso que fuere. Ellos aceptarán nuestro fallo de buen grado, al pensar que les evita la grave obligación de escoger libremente. Y millones de seres humanos serán felices. Sólo no lo serán unos cien mil, sus directores; es decir, nosotros, los depositarios de su secreto. Los hombres felices serán millones y habrá cien mil mártires abrumados por el maldito conocimiento del bien y del mal. Morirán en paz, se extinguirán dulcemente, pensando en ti. Y en el más allá sólo encontrarán la muerte. Pues si hubiera otra vida, es indudable que no se concederÃa a los seres como ellos. Pero nosotros los mantendremos en la ignorancia sobre este punto, los arrullaremos, prometiéndoles, para su felicidad, una recompensa eterna en el cielo... Se prófetiza que volverás para vencer de nuevo, rodeado de tus poderosos y arrogantes elegidos. Nosotros diremos a los hombres que los tuyos sólo se han salvado a sà mismos, mientras que nosotros hemos salvado a todo el mundo. Se afirma que la ramera, que cabalga sobre la bestia y tiene en sus manos la copa del misterio, será envilecida, que los débiles se levantarán de nuevo, desgarrarán su púrpura y dejarán al descubieto su cuerpo impuro. Entonces yo me levantaré y te mostraré a los millares de seres felices que no han pecado. Yo, que por bien de ellos he cargado con sus faltas, me erguiré ante ti, diciendo: “No te temo. También yo he vivido en el desierto, alimentándome de saltamontes y raÃces, también yo bendije la libertad con que Tú obsequiabas a los hombres, y me preparé para figurar entre tus elegidos, entre los fuertes, ardiendo en deseos de completar su número. Pero volvà en mi y no quise servir a una causa insensata. Entonces me reunà con los que han corregido tu obra.