Los hermanos Karamazov

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—O sea, que «todo está permitido». ¿No es eso?

Iván frunció las cejas y en su rostro apareció una palidez extraña.

—Ya veo que ayer cogiste al vuelo esta expresión que tan profundamente hirió a Miusov y que Dmitri repitió tan ingenuamente. Bien; ya que lo he dicho, no me retracto: «todo está permitido». Además, Mitia ha dejado esto bien sentado.

Aliocha le miró en silencio.

—En vísperas de mi marcha, hermano —continuó Iván—, creía que no tenía en el mundo a nadie más que a ti; pero ahora veo, mi querido hermano, que ni siquiera en tu corazón hay un hueco para mí. Como no reniegue del concepto

«todo está permitido», tú renegarás de mi, ¿no es así?

Aliocha fue hacia él y le besó en los labios.

—¡Eso es un plagio! —exclamó Iván—. Ese gesto lo has tomado de mi poema.

Sin embargo, te lo agradezco. Ha llegado el momento de marcharnos, Aliocha.

Salieron y se detuvieron en la escalinata.

—Oye, Aliocha —dijo Iván firmemente—, si sigo amando los brotes primaverales, lo deberé a tu recuerdo. Me bastará saber que tú estás aquí, en cualquier parte, para sentir nuevamente la alegría de vivir. ¿Estás contento?


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