Los hermanos Karamazov

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Puedes considerar esto, si quieres, como una declaración de amor fraternal. Ahora vamos cada cual por nuestro lado. Y basta ya de este asunto, ¿me entiendes?

Quiero decir que si yo no me fuera mañana, cosa que es muy probable, y nos encontráranios de nuevo, ni una palabra sobre esta cuestión. Te lo pido en serio. Y

te ruego que no vuelvas a hablarme nunca de Dmitri. El tema está agotado, ¿no?

En compensación, te prometo que cuando tenga treinta años y sienta el deseo de arrojar mi copa, vendré a hablar contigo, estés donde estés y aunque yo resida en América. Entonces me interesará mucho saber lo que ha sido de ti. Te hago esta promesa solemne: nos decimos adiós tal vez por diez años. Ve a reunirte con tu seráfico padre; se está muriendo, y si se muriera no estando tú a su lado, me acusarías de haberte retenido. Adiós. Dame otro beso. Ahora, vete.

Iván se marchó sin volverse. Así se había marchado también Dmitri el día anterior, bien es verdad que en condiciones distintas. Esta singular observación atravesó como una flecha el contristado espíritu de Aliocha. El novicio permaneció unos instantes siguiendo con la vista la figura de su hermano que se alejaba. De súbito, observó por primera vez que Iván avanzaba contoneándose y que, visto de espaldas, tenía el hombro derecho más bajo que el izquierdo.


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