Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Al anochecer, Fiodor Pavlovitch recibió un nuevo disgusto: Grigori, que se sentía mal desde hacía dos días, se había tenido que meter en la cama, a causa de su lumbago. Se apresuró a tomar el té y se encerró en sus habitaciones, agitadísimo. Estaba casi seguro de que precisamente aquella noche se presentaría Gruchegnka. Por lo menos, Smerdiakov le había anunciado aquella mañana que la joven lo había prometido.
El incorregible viejo notaba el violento palpitar de su corazón mientras iba y venía por las vacías habitaciones aguzando el oído. Había que vigilar; a lo mejor, Dmitri estaba espiando por los alrededores; por lo tanto, apenas oyese llamar a la ventana (Smerdiakov le había dicho que Gruchegnka conocía las señales), debía abrir, para evitar que la visitante sintiera miedo al verse sola en el vestíbulo y se diera a la fuga.
Fiodor Pavlovitch era presa de una profunda agitación, pero, al mismo tiempo, jamás una esperanza tan dulce había mecido su alma: estaba seguro de que esta vez acudiría Gruchegnka.