Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Los visitantes se hallaban en el dormitorio del starets, sumamente reducido como hemos dicho ya, de modo que había el espacio justo para el starets, los cuatro religiosos mencionados, sentados alrededor de su sillón, y el novicio Porfirio, que permanecía de pie. Anochecía. La habitación estaba iluminada por las lamparillas y los cirios que ardían ante los iconos.
Al ver a Aliocha, que se detuvo tímidamente en el umbral, el starets sonrió gozoso y le tendió la mano.
—Buenas tardes, amigo mío. Ya sabía yo que vendrías.
Aliocha se acercó a él, se prosternó hasta tocar el suelo y se echó a llorar.
Sentía el corazón oprimido, se estremecía todo él interiormente, los sollozos le estrangulaban.
—Espera, no me llores todavía —dijo el starets, bendiciéndolo—. Como ves, estoy aquí sentado, hablando tranquilamente. Acaso viva todavía veinte años, como me deseó aquella buena mujer de Vichegoria, que vino a verme con su hija Elisabeth. ¡Acuérdate de ellas, Señor! —y se santiguó—. Porfirio, ¿has llevado la ofrenda de esa mujer adonde te he dicho?