Los hermanos Karamazov

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La limosna consistía en sesenta copecs. La buena mujer los había entregado alegremente para que se le dieran a otra persona más pobre que ella. Estas ofrendas son penitencias que uno se impone voluntariamente, y es necesario que el donante las haya obtenido con su trabajo. El starets había enviado a Porfirio a casa de una pobre viuda, reducida a la mendicidad con sus hijos, a consecuencia de un incendio. El novicio respondió al punto que había cumplido el encargo, entregando el donativo «de parte de una donante anónima», como se le había ordenado.

—Levántate, mi querido Alexei —dijo el starets—, que yo pueda verte. ¿Has visitado a tu familia, has visto a tu hermano?

A Aliocha le sorprendió que le preguntara por uno de sus hermanos, aunque no sabía por cuál. Acaso era este hermano el motivo de que le hubiera enviado dos veces a la ciudad.

—He visto a uno de ellos —repuso Aliocha.

—Me refiero al mayor, a ese ante el que ayer me prosterné.

—Lo vi ayer; pero hoy no me ha sido posible dar con él.

—Procura verlo y vuelve mañana, una vez terminado este asunto. Tal vez tengas tiempo de evitar una espantosa desgracia. Ayer me incline ante su horrible sufrimiento futuro.


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