Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Aceptaba las nuevas ideas: no creÃa en el fuego material del infierno.
Y las acusaciones se multiplicaban entre los envidiosos:
—Como ayunador dejaba mucho que desear. Amaba las golosinas.
Acompañaba el té con dulce de cerezas. Le gustaba mucho, y las damas se lo enviaban. ¿Es propio de un asceta tomar té?
Los más maliciosos recordaban, implacables:
—El orgullo lo cegaba. Se creÃa un santo. La gente se arrodillaba en su presencia y él lo aceptaba como cosa natural.
—Abusaba del sacramento de la confesión —murmuraban los más recalcitrantes adversarios del staretismo, entre los que abundaban los religiosos de más edad, inflexibles en su devoción, taciturnos y grandes ayunadores, que habÃan guardado silencio mientras el padre Zósimo vivÃa, pero que ahora no cesaban de hablar, con efectos perniciosos, pues sus palabras influÃan profundamente en los religiosos jóvenes y todavia vacilantes.
El monje de San Silvestre de Obdorsk era todo oÃdos. Suspiraba profundamente y movÃa la cabeza. «El padre Teraponte tenÃa razón ayer», se dijo. Y precisamente en este momento, como para aumentar su confusión, apareció el padre Teraponte.