Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Ya he dicho que el padre Paisius leía impasible los Evangelios al lado del cadáver, sin ver ni oír lo que ocurría fuera, pero que presintió lo principal, pues conocía a fondo el ambiente en que vivía. No experimentaba la menor turbación y, dispuesto a todo, observaba con mirada penetrante aquella agitación, cuyo resultado no se le ocultaba.
De pronto oyó en el vestíbulo un ruido insólito que hirió sus tímpanos. Era que la puerta se había abierto de par en par. El padre Teraponte apareció inmediatamente en el umbral.
Desde la celda se vela perfectamente al nutrido grupo de monjes que le había acompañado y a los laicos que se habían unido a los religiosos. Todos se aglomeraban al pie de la escalinata. No entraron, sino que esperaron el resultado de la visita del padre Teraponte, con el temor, pese a la audacia que estaban demostrando, de que el visitante no haría nada eficaz. El padre Teraponte se detuvo en el umbral y levantó los brazos, dejando al descubierto los penetrantes ojos del monje de Obdorsk, que, incapaz de contener su curiosidad, había subido tras el gran ayunador. En cambio, los demás, apenas se abrió la puerta estrepitosamente, retrocedieron, presas de un súbito temor. Con los brazos en alto, el padre Teraponte vociferó:
—¡Vengo a expulsar a los demonios!