Los hermanos Karamazov

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—¡Está muerto! —exclamó—. ¡Está muerto! ¡Qué complicación!

Abrieron las ventanas y desembozaron el tubo de la estufa. Mitia fue por un cubo de agua y se remojó la cabeza. Seguidamente empapó un trapo y lo aplicó a la frente de Liagavi. El guardabosques seguía mostrando una indiferencia desdeñosa. Después de abrir la ventana, dijo con acento huraño: « Todo arreglado.» Y volvió a su dormitorio, dejando a Mitia una linterna encendida.

Durante media hora, Dmitri estuvo al cuidado del alcohólico. Le renovaba las compresas y estaba dispuesto a velarlo durante toda la noche. Al fin, agotadas sus fuerzas, hubo de sentarse a descansar. Los ojos se le cerraron. Inconscientemente, se echó en el banco y en seguida se sumergió en un profundo sueño.

Se despertó muy tarde, alrededor de las nueve. El sol entraba por las dos ventanas de la isba. El mujik de cabello rizado estaba sentado ante un samovar hirviente y ante otra garrafita de cuyo contenido ya había consumido más de la mitad. Mitia se levantó de un salto y advirtió que el traficante se había vuelto a embriagar. Estuvo un instante mirándolo con los ojos muy abiertos. El bebedor le miraba a su vez, con expresión astuta, flemática a incluso —así se lo pareció a Mitia— arrogante. Dmitri se arrojó sobre él.


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