Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Mitia perdió la cabeza y se arrojó de nuevo sobre el borracho para intentar sacarlo de su sopor. Lo zarandeó con frenesí a incluso llegó a golpearlo, pero al cabo de unos minutos, viendo que todo era inútil, volvió a sentarse con una amarga sensación de impotencia.
—¡Qué calamidad! ¡Qué desagradable es todo esto!
Empezaba a dolerle la cabeza.
—¿Debo renunciar a todo y volver a la ciudad...? No, permaneceré aquí hasta mañana por la mañana... ¿Por qué habré venido? No sé cómo me las arreglaré para regresar... ¡Qué absurdo es todo esto...!
Su dolor de cabeza aumentaba. Mitia permanecía inmóvil. El sueño se iba apoderando de él insensiblemente. Al fin se durmió sentado. Dos horas después le despertó un dolor de cabeza intolerable. Las sienes le latían con violencia.
Tardó mucho en volver a la realidad y darse cuenta de lo que ocurría. Al fin comprendió que su mal consistía en un principio de asfixia debido a las emanaciones de la estufa y que había estado a punto de morir. El mujik seguía roncando. Del cirio quedaba ya muy poco. Mitia profirió un grito y, tambaleándose, corrió hacia el dormitorio del guardabosques. Éste se despertó en seguida y, al enterarse de lo sucedido, se dispuso a cumplir con su deber, pero con una calma que sorprendió y molestó a Mitia.