Los hermanos Karamazov

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El guardabosques, después de haberse rascado la cabeza, dio media vuelta y, sin decir palabra, se retiró a su dormitorio.

Mitia se sentó en el banco « para esperar la ocasión», según se dijo en su fuero interno. Una profunda angustia, semejante a una densa niebla, lo envolvía.

Reflexionaba, pero no conseguía enlazar sus ideas. El cirio ardía, un grillo cantaba, el exceso de calefacción hacia la atmósfera irrespirable. De pronto vio con la imaginación el jardín y la puerta de la casa de su padre. La puerta se abría misteriosamente y Gruchegnka entraba corriendo.

Mitia se levantó de un salto.

—¡Maldita sea...! —murmuró rechinando los dientes.

Luego se acercó maquinalmente al hombre dormido y lo examinó. Era un mujik esquelético, todavía joven, de cabello rizado y perilla roja. Llevaba una blusa de indiana y un chaleco negro, cruzado por la cadena de plata de un reloj oculto en uno de sus bolsillos. Mitia observó aquella cara con verdadero odio. Lo que más le exasperaba era los rizos, sabe Dios por qué. Le humillaba permanecer ante aquel hombre, con su negocio urgente, al que todo lo había sacrificado, mientras él, aquel holgazán, del que dependia su suerte, roncaba como si nada sucediera, como si acabara de llegar de otro mundo.


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