Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov El sudor corrÃa por su rostro. El sacerdote aprovechó un momento en que le vio calmado para hacerle comprender que, aunque consiguiera despertar al traficante, éste, debido a su embriaguez, no estarÃa en condiciones de hacer ningún trato.
—Ya que el asunto que le ha traÃdo aquà es tan importante, mejor será que lo deje tranquilo hasta mañana.
Mitia aceptó la sugerencia.
—Me quedaré aqui„padre; esperaré hasta mañana. Apenas se despierte hablaré con él...
Dirigiéndose al guardabosques, añadió:
—Ya te pagaré la bujÃa y mi estancia de una noche en tu casa. No olvidarás a Dmitri Karamazov... ¿Pero usted dónde se acostará, padre?
—No se preocupe por mÃ. Regresaré a mi casa en el asno de este amigo —y señalaba al guardabosques—. O sea que adiós y mucha suerte.
El sacerdote hizo lo que habÃa dicho. Montó en el asno y se puso en camino, feliz de haberse librado de Mitia, pero vagamente inquieto, preguntándose si no deberÃa informar al dÃa siguiente a Fiodor Pavlovitch del singular asunto.
«Si no le digo nada, se enojará cuando se entere y me retirará su protección.»