Los hermanos Karamazov

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Se acercó a Liagavi y lo zarandeó, pero sin conseguir despertarlo.

—Está ebrio —dijo Mitia—. ¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer?

Impaciente, empezó a tirarle de las manos, de los pies, a incorporarlo, a sentarlo en el banco; pero tras estas tentativas sólo consiguió oír sordos gruñidos y enérgicas aunque confusas invectivas.

—Lo mejor que puede usted hacer —dijo el sacerdote— es esperar. Ahora no logrará que le atienda.

—Se ha pasado el día bebiendo —dijo el guardabosques.

—¡Si supieran ustedes la situación en que estoy y la necesidad que tengo de hablar con él! —exclamó Mitia.

—Le aconsejo que espere a mañana para hablarle —insistió el pope.

—¿Hasta mañana? ¡Imposible!

Desazonado, se dispuso a seguir sacudiendo al traficante, pero no llegó a hacerlo, al comprender que sería inútil. El sacerdote permanecía mudo; el guardabosques se caía de sueño y su semblante era sombrío.

—¡Qué tragedias nos reserva la vida! —exclamó Mitia, desesperado.


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