Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Así, aún no había llegado a su casa y ya apuntaban los celos en su inquieto corazón.
¡Los celos!... «Otelo no era celoso; era un hombre confiado», ha dicho Pushkin Esta observación atestigua la profundidad de nuestro gran poeta. Otelo cree enloquecer cuando ve fracasado su ideal. Pero no acecha escondido, no escucha tras las puertas. Es un hombre confiado. Ha sido necesario que le abran los ojos, que le hablen de la traición con insistencia para que él crea en ella. El verdadero celoso no es así. Es increíble la degradación en que se puede hundir un celoso sin que se lo reproche su conciencia. Y no son siempre almas viles las que proceden de este modo, sino que personas de altos sentimientos y que sienten un amor puro y fervoroso son capaces de acechar desde un escondrijo, comprar miserables espías y entregarse ellas mismas al más innoble espionaje.
Otelo no se habría resignado jamás a sufrir la traición —no digo que hubiera perdonado, sino que no se habría resignado—, aunque era inocente y bueno como un niño.