Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Corrió a su casa y, después de haberse arreglado, fue a visitar a la señora de Khokhlakov. Éste era su gran plan. Había decidido pedir prestados tres mil rublos a esta distinguida dama, y estaba seguro de que ella no se los negaría. El lector se asombrará, sin duda, de que Dmitri no hubiera empezado por dirigirse a esta señora de su esfera, en vez de ir a visitar a Samsonov, con el que no había tenido ningún trato jamás. Pero es que, un mes atrás, casi había roto con ella. Además, la conocía poco y sabía que no podía sufrir que él fuese prometido de Catalina Ivanovna. Habría dado cualquier cosa a cambio de que la joven lo dejara y se uniese en matrimonio con Iván Fiodorovitch, «tan instruido y de tan finos modales». Las maneras de Mitia no le gustaban en absoluto. Dmitri se burlaba de ella. Una vez había dicho que la señora de Khokhlakov era tan vivaz y desenvuelta como inculta. Aquella mañana, en el carricoche, había tenido un chispazo de lucidez.
«Esa señora se opone a mi matrimonio con Catalina Ivanovna. En esto se muestra irreductible. Por tanto, no me negará un dinero que me permitirá dejar a Katia a irme de la ciudad para siempre. Cuando a una de esas grandes damas acostumbradas a satisfacer todos sus caprichos se les mete una idea entre ceja y ceja, no se detiene ante nada para lograr sus fines. Además, ¡es tan rica...!»