Los hermanos Karamazov

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En el fondo, el plan era el mismo que el anterior, ya que consistía en la renuncia a sus derechos sobre Tchermachnia, no con fines comerciales como en la oferta hecha a Samsonov, no para tentar a la dama con un buen negocio que podía reportarle miles de rublos, sino simplemente como garantía de la deuda. Al concebir esta nueva idea, Mitia se entusiasmó, como le ocurría siempre en el momento en que planeaba una empresa o tomaba una decisión. Todos los proyectos lo apasionaban en el instante en que se le ocurrían.

Sin embargo, al llegar a la escalinata del pórtico sintió un súbito estremecimiento. En este momento comprendió con claridad meridiana que se jugaba su última carta, que un fracaso le dejaría sin más salida que la de

«estrangular a alguien para desvalijarlo». Eran las siete y media cuando llamó a la puerta.

Al principio, todo ocurrió a medida de sus deseos. Fue recibido inmediatamente. «Se diría que me esperaba» , pensó. Fue introducido en el salón.

La dama apareció en el acto y le dijo que lo estaba esperando.

—No sabía que tenía usted que venir, por supuesto; pero lo esperaba. Admire mi instinto, Dmitri Fiodorovitch. Contaba con que viniera usted hoy.

—Es verdaderamente increíble, señora —dijo Mitia sentándose torpemente—.


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