Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —¡Al diablo! —aulló Mitia, dando un tremendo puñetazo en la mesa.
—¡Dios mío! —exclamó la señora de Khokhlakov, corriendo a refugiarse en el otro extremo del salón.
En un arranque de despecho, Mitia escupió y salió precipitadamente de la casa.
Iba a través de las tinieblas como un loco, golpeándose el pecho en el mismo punto en que se lo había golpeado dos días atrás, cuando se encontró con Aliocha en el camino. ¿A qué venían estos golpes idénticos y en el mismo sitio? ¿Qué significaban? Mitia no había revelado a nadie, ni siquiera a Aliocha, su secreto, que implicaba el deshonor, la perdición, a incluso el suicidio, ya que Dmitri había resuelto quitarse la vida si no encontraba los tres mil rublos que debía a Catalina Ivanovna, y si no podía saldar esta deuda, arrancando de su pecho, de aquel lugar de su pecho, el deshonor que gravitaba en él y torturaba su conciencia.
Todo esto se aclarará muy pronto. Fracasada su última esperanza, aquel hombre fuerte y enérgico se echó a llorar como un niño. Caminaba inconsciente secándose las lágrimas con el puño, cuando tropezó con alguien. Una vieja se tambaleó por efecto del choque, lanzando un grito agudo.
—¡Lleve cuidado, hombre de Dios! Casi me mata.
Mitia, tras observar a la vieja en la oscuridad, exclamó: