Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —¡Oiga! —bramó Mitia—. Le suplico por última vez que me diga si puede entregarme hoy mismo la cantidad prometida, o cuándo he de venir a buscarla.
—¿Qué cantidad, Dmitri Fiodorovitch?
—Los tres mil rublos que tan generosamente se ha comprometido a prestarme.
—¿Prestarle tres mil rublos? ¡Yo no le he hecho tal promesa! —exclamó la dama, sorprendida.
—¿Cómo que no? Usted me ha dicho que podÃa considerar que ya los tenÃa en el bolsillo.
—¡Ah, ya caigo! Usted no ha comprendido, Dmitri Fiodorovitch. Me referÃa al producto de las minas. Le he prometido mucho más de tres mil rublos, pero sólo pensaba en las minas.
—Entonces, ¿no puedo contar con los tres mil rublos?
—No dispongo de esa cantidad. Ando muy mal de dinero; Dmitri Fiodorovitch.
Incluso tengo ciertas dificultades con mi administrador. Me he visto obligada a pedir un préstamo de quinientos rublos a Miusov. Además, aunque los tuviera, no se los prestarÃa. Mi norma es no prestar dinero a nadie. Quien tiene deudores, tiene guerra. Y a usted, menos que a nadie le dejarÃa dinero, porque le aprecio y deseo salvarlo. Su salvación está en las minas, y sólo en las minas.