Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Cerca estaban las estufas, pero Mitia sólo observaba las ventanas iluminadas de la casa.
—Hay luz en el dormitorio del viejo. Gruchegnka está alli.
Y saltó al jardín. Sabía que Grigori y Smerdiakov estaban enfermos, que nadie podía oírlo. Sin embargo, con instintivo impulso permaneció inmóvil y aguzó el oído. Un silencio de muerte le rodeaba. La calma era absoluta; no se movía ni una hoja... «Sólo se oye el silencio...» Este verso acudió a su memoria. Luego se dijo:
—Con tal que no me haya oído nadie... Creo que, en efecto, nadie me ha oído.
Se deslizó por el césped con paso felino, aguzando el oído, sorteando los árboles y la maleza. Se acordó de que había debajo de las ventanas densos macizos de saúcos y viburnos. La puerta que daba acceso al jardín por el lado izquierdo estaba cerrada: lo comprobó al pasar. Al fin, llegó a los macizos y allí se escondió.
Contenía la respiración. «Hay que esperar. Si me han oído, estarán escuchando.
Quiera Dios que no me entren ganas de toser o estornudar. »
Esperó un par de minutos. El corazón le latía con violencia. Respiraba con dificultad.