Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Estas palpitaciones no cesarán. No puedo seguir esperando.
PermanecÃa en la sombra, tras un macizo iluminado a medias.
—¡Qué rojas son las bayas de los viburnos! —murmuró maquinalmente.
Deslizándose como un lobo, se acercó a la ventana y se levantó sobre las puntas de los pies. Entonces pudo ver el dormitorio de Fiodor Pavlovitch. Era una habitación pequeña y dividida en dos por biombos rojos, «chinos», como les llamaba su propietario.
«Gruchegnka está detrás de los biombos», pensó Mitia.
Y se dedicó a observar a su padre. Éste llevaba una bata que Dmitri no habÃa visto nunca. Era de seda, listada, y de su cintura pendÃan cordones rematados por borlas. El cuello, doblado y abierto, dejaba ver una elegante camisa de fina holanda y botones de oro. En la cabeza llevaba el pañuelo rojo con el que le habÃa visto Aliocha. Mitia pensó: «Se ha puesto guapo.» Fiodor Pavlovitch estaba cerca de la ventana, pensativo. De pronto, se acercó a la mesa, se sirvió medio vaso de coñac y se lo bebió. Después lanzó un hondo suspiro y otra vez estuvo inmóvil unos instantes. Después se acercó, distraÃdo, al espejo, y levantó el pañuelo para examinar los cardenales y las costras que tenÃa en la cabeza.