Los hermanos Karamazov

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«Seguramente está solo.»

Fiodor Pavlovitch se separó del espejo y se acercó de nuevo a la ventana. Mitia retrocedió para refugiarse en la oscuridad.

«¿Estará Gruchegnka durmiendo detrás de los biombos?»

Fiodor Pavlovitch se retiró de la ventana.

«La espera a ella —se dijo Mitia—. No hay razón para que aceche en la oscuridad. O sea, que ella no está aquí. La impaciencia devora al viejo.»

Mitia volvió a mirar por la ventana. Fiodor Pavlovitch estaba sentado ante la mesa. Su tristeza era evidente. Apoyó el codo en la mesa y la cara en la mano.

Mitia lo observaba ávidamente.

«Está solo, completamente solo. Si Gruchegnka estuviera aquí, no estaría tan triste.»

Y, aunque parezca mentira, le molestó que Gruchegnka no estuviera allí.

«No es su ausencia lo que me inquieta —se explicó a sí mismo—, sino no saber qué hacer.»

Posteriormente, Mitia recordó que discurría con perfecta lucidez en aquellos momentos y que se daba cuenta de todo.

Su ansiedad procedia de la incertidumbre que se había apoderado de él y que iba en continuo aumento.

« ¿Está aquí o no está?»


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