Los hermanos Karamazov

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Se dirigió de nuevo a casa de la señora de Morozov. Cuando se había marchado después de su primera visita, Fenia se había apresurado a hablar con el portero, Nazario Ivanovitch, para suplicarle que no dejara entrar a Dmitri ni aquel día ni el siguiente. Una vez enterado de todo, el portero prometió hacer lo que se le decía, pero hubo de subir a casa del propietario, que en aquel momento le llamó. Dejó al cuidado de la portería a un sobrino suyo, muchacho de veinte años, recién llegado del campo, pero se le olvidó advertirle que no debía permitir la entrada al capitán.

El muchacho, que guardaba buen recuerdo de las propinas de Mitia, lo reconoció y le abrió la puerta. Con amable sonrisa, se apresuró a informarle de que Agrafena Alejandrovna no estaba en casa. Mitia se quedó clavado en el suelo.

—Entonces, ¿dónde está?

—Pronto hará unas dos horas que ha partido para Mokroie con Timoteo.

—¿Para Mokroie? —exclamó Mitia—. ¿Y a qué ha ido a Mokroie?

—No lo sé exactamente, pero creo que a reunirse con un oficial que le ha enviado un coche.

Mitia irrumpió en la casa como un loco.

CAPÍTULO V

UNA RESOLUCIÓN REPENTINA


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