Los hermanos Karamazov

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—Te he ofendido hace unos momentos, Fenia. Perdóname. Y si no quieres perdonarme, alla tú... ¡A mi qué!... ¡En marcha, Andrés!

Restalló el látigo. Los cascabeles empezaron a sonar.

—¡Hasta la vuelta, Piotr Ilitch! ¡Para ti mi última lágrima!

Piotr Ilitch se dijo en su fuero interno:

«No está borracho. Sin embargo, ¡qué tonterías dice!»

Tenía el propósito de permanecer allí para vigilar el envío del resto de las provisiones, sospechando que querian engañar a Dmitri; pero, de pronto, se indignó contra si mismo, escupió en un arranque de rabia y se fue a jugar al billar.

«Es un imbécil, pero, en el fondo, un buen muchacho —se iba diciendo por el camino—. Ya he oído hablar de ese oficial de Gruchegnka. Si en verdad ha llegado... ¡Ah, esas pistolas!... ¿Pero qué diablo me importa a mi? ¿Acaso soy su ayo? ¡Que haga lo que quiera! Además, no pasará nada. Esos bravucones no hacen más que vociferar. Se pegarán cuando estén borrachos y luego harán las paces.

¡Vaya unos hombres de acción!... ¿Qué querrá decir eso de “apartarse†y de


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