Los hermanos Karamazov

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—Sí, sin falta.

—¿Quiere pagar, señor? —preguntó un empleado.

—¿Pagar? ¡Claro que si!

Volvió a sacar del bolsillo el fajo de billetes, echó tres sobre el mostrador y salió. Todos lo acompañaron hasta la puerta para decirle adiós y desearle un buen viaje. Andrés, con la voz enronquecida por el coñac que acababa de beber, subió al pescante. Cuando el viajero iba a poner el pie en el estribo, apareció Fenia corriendo, jadeante. La joven enlazó las manos y se arrojó a los pies de Mitia.

—¡Por Dios, Dmitri Fiodorovitch, no pierda a Agrafena Alejandrovna! ¡Y

pensar que he sido yo la que se lo ha contado todo!... No haga ningún daño a ese hombre. Es su primer amor.

Ha vuelto de Siberia para casarse con ella. No destroce una vida. —Ahora lo comprendo todo —murmuró Piotr Ilitch—. Va a haber jaleo en Mokroie. Dmitri Fiodorovitch, dame en seguida esas pistolas; demuéstrame que eres un hombre.

—¿Las pistolas? No te preocupes. Las arrojaré a un charco por el camino...

Fenia, levántate; no quiero verte a mis pies. Desde hoy, Mitia, ese necio, no volverá a hacer daño a nadie.

Subió al coche y, ya sentado, exclamó:


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