Los hermanos Karamazov

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Piotr Ilitch se mostró lacónico desde este momento. No dijo nada de la sangre que manchaba la cara y las manos de Mitia, aunque tuvo la intención de hablar de ello cuando se dirigía al café. Empezó la tercera partida. Poco a poco fueron cesando los comentarios sobre Mitia. Cuando esta partida terminó, Piotr Ilitch dijo que ya estaba cansado de jugar. Dejó el taco en su sitio y se marchó sin cenac, aunque había llegado decidido a hacerlo.

Cuando estuvo en la calle, se quedó perplejo. ¿Debía ir a casa de Fiodor Pavlovitch para enterarse de si había ocurrido algo? «No —decidió—, no iré a despertar a la gente y a armar escándalo por una tontería como ésta. ¡Yo no soy al ayo de Dmitri, demonio!

Ya se dirigía a su casa, de muy mal humor por cierto, cuando se acordó de Fenia.

—¡Qué tonto he sido! —exclamó mentalmente—. Debí interrogarla. Así ya lo sabría todo.

Y experimentó un deseo tan vivo de ver a Fenia, de hablar con ella, de informarse de todo, que a medio camino cambió de rumbo y se dirigió a casa de la señora de Morozov, donde vivía Gruchegnka. Al llamar a la puerta, el golpe resonó en el silencio de la noche, lo que le produjo cierta irritación. Nadie contestó; todos los habitantes de la casa dormían profundamente.

—Voy a alarmar a todo el barrio —se dijo.


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