Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Éste sólo sorprendió a Mitia por su elevada talla, que contrastaba con la del pan sentado en el canapé. Dmitri se dijo que este gigante debía de ser amigo y acólito del pan de la pipa, algo así como su guardaespaldas, y que el pequeño mandaba en el mayor. El « perro» no sentía ni sombra de celos. Aunque no había comprendido el tono enigmático empleado por Gruchegnka, notaba que lo había perdonado, ya que lo trataba amablemente. Al verla beber, se asombraba alegremente de su resistencia. El silencio general lo sorprendió. Paseé una mirada interrogadora por toda la concurrencia. «¿Qué esperamos? ¿Por qué estamos sin hacer nada?», parecía preguntar.
—Este viejo chocho nos divierte —dijo de pronto Kalganov señalando a Maximóv, como si leyera el pensamiento de Mitia.
Dmitri los miró a los dos. Después se echó a reir con su risa seca y entrecortada.
—¿De veras?
—Palabra. Pretende que todos nuestros caballeros de los «años veinte» se casaron con polacas. Es absurdo, ¿verdad?
—¿Con polacas? —dijo Mitia, encantado.
Kalganov no tenía la menor duda acerca de las relaciones de Mitia con Gruchegnka y adivinaba las del pan; pero esto no le interesaba lo más mínimo.