Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Todo su interés se concentraba en Maximov. HabÃa llegado al parador casualmente y en él habÃa trabado conocimiento con los polacos. Estuvo en una ocasión en casa de Gruchegnka, a la que no fue simpático. Aquella noche, la joven se habÃa mostrado cariñosa con él antes de la llegada de Mitta, pero sin conseguir interesarlo.
Kalganov tenÃa veinte años, vestÃa con elegancia y su cara era simpática y agradable. PoseÃa un hermoso cabello rubio y unos bellos ojos azules, de expresión pensativa, a veces impropia de su edad, aunque su conducta podÃa calificarse de infantil en más de una ocasión, cosa que, por cierto, no le inquietaba.
Era un muchacho un tanto extraño y caprichoso, pero siempre amable. A veces, su semblante adquirÃa una expresión de ensimismamiento; escuchaba y miraba al que hablaba con él como absorto en profundas meditaciones. Tan pronto se mostraba débil a indolente como se excitaba por la causa más fútil.
—Lo llevo a remolque desde hace cuatro dÃas —continuó Kalganov, recalcando las palabras, pero sin la menor fatuidad—. Desde que su hermano, el de usted, no le permitió subir al coche. ¿Se acuerda? Me interesé por él y lo traje al campo.
Pero no dice más que tonterÃas. Sólo de oÃrlo se avergüenza uno. Voy a devolverlo...
— Pan polskiej pani nie widzial, y dice cosas que no son ciertas —dijo el pan de la pipa.