Los hermanos Karamazov

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—Pero he tenido una esposa polaca —replicó Maximov echándose a reír.

—Lo importante es que sepamos si ha servido en la caballería —dijo Kalganov—. De eso debe usted hablar.

—Tiene razón. ¡Diga, diga si ha servido en la caballería! —exclamó Mitia, que era todo oídos y miraba a los interlocutores como si esperase que de sus labios salieran palabras maravillosas.

—No, no —dijo Maximov volviéndose hacia él—; yo quiero hablar de esas

panienki que, apenas bailan una mazurca con un ulano, se sientan en sus rodillas como gatas blancas, con el consentimiento de sus padres. AI día siguiente, el ulano va a pedir la mano de la joven, y ya está hecha la jugarreta. ¡Ja, ja!

— Pan lajdak —gruñó el pan de alta estatura cruzando las piernas.

Mitia sólo se fijó en su enorme y bruñida bóta de suela gruesa y sucia. Los dos polacos tenían aspecto de ser poco limpios.

—¡Llamarle miserable! —exclamó Gruchegnka irritada—. ¿Es que no saben hablar sin insultar?

—Pan¡ Agrippina, este pan sólo ha conocido en Polonia muchachas de baja condición, no señoritas nobles.


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