Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Los jefes se asombran a veces de que algún preso que ha llevado durante años una vida tranquila, ejemplar, al que incluso hicieron responsable de un barracón por su buena conducta, de pronto, de buenas a primeras, como si estuviese poseído por el diablo, alborote, se corra una juerga, arme barullo y hasta se arriesgue a cometer un grave delito: mostrarse insolente ante un gran jefe, matar o violar a alguien, etc. Le miran y se asombran. Y, sin embargo, quizá la causa de la súbita explosión de aquel hombre, del que menos podía esperarse eso, sea la angustiosa y convulsa manifestación de su personalidad, la nostalgia instintiva de sí mismo, el deseo de revelar su propio yo, su personalidad humillada que se rebela de repente y llega hasta el odio, la rabia, la pérdida de la razón, el paroxismo, la convulsión. Igual, quizá, que el enterrado vivo que al volver en sí golpea la tapa de su ataúd e intenta quitarla, aunque, evidentemente, la razón podría convencerle de que todos sus esfuerzos serán vanos. Pero aquí ya no se trata de la razón, sino del delirio. Hay que tener en cuenta, además, que casi todas las manifestaciones libres de la personalidad del preso se consideran delito; en ese caso, a él, naturalmente, le da igual que tales manifestaciones sean grandes o pequeñas. Si va de juerga, va de juerga y, si se arriesga, se arriesga a todo, incluso a matar. Sólo tiene que comenzar: después se emborracha y ya no hay quien lo sujete. Por eso sería mejor no hacerle llegar hasta ese punto. Todos estarían más tranquilos.


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