Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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El dinero, como ya dije, tenía en el presidio un enorme valor y poder. Puede afirmarse categóricamente que el preso que posee algún dinero, aunque sea poco, sufre diez veces menos que aquel que no tiene nada, aunque este último lo recibe todo de la Administración. Entonces —razonaban nuestros jefes—, ¿para qué necesita el dinero? Repito una vez más que si privasen a los presos de toda posibilidad de tener su propio dinero, se volverían locos o caerían como moscas (aunque estuviesen abastecidos de todo) o, por último, cometerían crímenes inauditos: unos por desesperación, otros, para ser castigados y rematados de alguna manera y cuanto antes, o bien para «cambiar de suerte» (expresión técnica). Si el preso, que se ha procurado su dinero con mucho sacrificio, o bien recurriendo a alguna astucia extraordinaria, asociada al robo y a la estafa, se lo gasta insensatamente, de una manera absurda e infantil, eso no quiere decir que no lo aprecie, aunque así lo parezca a primera vista. El preso está ávido de dinero, hasta el delirio, hasta perder la razón y si, efectivamente, lo tira por la ventana cuando se corre una juerga, lo tira por algo que considera que está por encima del dinero. ¿Qué está por encima del dinero para el preso? La libertad o, al menos, cualquier sueño de libertad. Los presos son grandes soñadores. De esto diré algo después, pero, ya que viene a cuento, lo crean o no, yo he visto a presos condenados a veinte años que me decían, tan tranquilos, frases como ésta: «Espera un poco, si Dios quiere, termino mi condena y entonces…». Un preso es un hombre privado de libertad: ése es el sentido de esta palabra; pero, al gastar el dinero, el preso obra con libertad. A pesar de las marcas, de los grilletes, de las odiosas estacas del penal, que le ocultan el mundo de Dios y le encierran como a una fiera en su jaula, él puede conseguir vodka, es decir, un placer rigurosamente prohibido, procurarse la compañía de una chica, e incluso a veces (aunque no siempre) sobornar a sus jefes inmediatos, a los inválidos y hasta a los suboficiales, que harán la vista gorda ante la infracción de la ley y de la disciplina; hasta puede fanfarronear sobre el apaño con ellos, y al preso le gusta con locura fanfarronear, es decir, presumir ante sus compañeros y convencerse a sí mismo de que, aunque sólo sea por un momento, tiene mucha más libertad y poder de lo que parece. En una palabra: puede correrse una juerga, armar barullo, insultar a alguien y demostrarle que él puede hacer todo eso, que todo eso «está en nuestras manos», es decir, convencerse de aquello en que el pobre no puede ni pensar. Por cierto: quizá sea ésta la razón de que entre los presos que no están borrachos se advierta una tendencia generalizada a la fanfarronería, la arrogancia y la exaltación cómica y sumamente ingenua de su propia personalidad, aun cuando sea ilusoria. Finalmente, toda esta juerga implica un riesgo, es decir, tiene al menos una cierta ilusión de vida, una lejana ilusión de libertad. ¿Y qué no daría uno por la libertad? ¿Qué millonario, si le pusieran una soga al cuello, no daría todos sus millones por una bocanada de aire?


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