Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Aquellos tres días deambulé lleno de congoja por el penal, me quedé echado en el catre, encargué a un preso de confianza, recomendado por Akim Akímich, que, con la tela suministrada por la Administración, me hiciera camisas, naturalmente, pagando (unos cuantos groshes por cada camisa); me procuré, siguiendo los consejos de Akim Akímich, un jergón (hecho de fieltro y con una funda de tela), sumamente fino, como una hojuela, y una almohada rellena de lana, terriblemente dura por falta de uso. Akim Akímich se esforzó mucho para proporcionarme todo aquello y él personalmente contribuyó confeccionándome con sus propias manos una manta, hecha con los retales de un desgastado uniforme de presidiario, compuesto por unos pantalones y un chaquetón, que compré a otros presos. Las prendas reglamentarias, una vez cumplido el plazo fijado para su uso, quedaban en propiedad de los presos, los cuales las vendían enseguida en el presidio y, por muy gastadas que estuvieran, siempre cabía la esperanza de obtener algo por ellas. Todo aquello me asombró mucho al principio. En general, aquélla fue la época de mi primer encuentro con el pueblo. De pronto, me convertí en alguien tan del pueblo llano y tan presidiario como ellos. Sus hábitos, ideas, opiniones y costumbres pasaron a ser los míos, al menos, formalmente, según la ley, aunque, en esencia, no los compartiese. Estaba asombrado y confuso, como si nunca hubiese sospechado aquello, ni lo hubiese oído, aunque lo conocía y lo había oído. Pero la realidad nos produce una impresión totalmente distinta a la del conocimiento y el rumor. ¿Podía yo sospechar, por ejemplo, que unos viejos trapos podían ser considerados prendas? Pues con esos viejos trapos me hice una manta. También era difícil imaginarse de qué clase era la tela destinada para el traje de los presos. A primera vista, se asemejaba al paño grueso de los soldados pero, apenas se llevaba puesto, se convertía en una especie de malla y se rompía escandalosamente. Por lo demás, la tela del traje se entregaba para un año, pero era difícil que durase ese tiempo. El preso trabaja, lleva cargas pesadas; el traje se estropea y se rompe pronto. Las pellizas se entregaban para tres años y, generalmente, después de ese tiempo servían de abrigo, de manta y de colchón. Pero las pellizas eran resistentes, aunque a menudo se podía ver a presos que, al cabo de los tres años de uso reglamentario, llevaban pellizas remendadas con una simple tela. Pese a todo, aunque estuviesen muy gastadas, al cumplirse el plazo fijado se vendían por unos cuarenta kopeks de plata. Y algunas, mejor conservadas, se vendían por sesenta o incluso setenta kopeks de plata, lo que en el presidio era mucho dinero.