Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Era el ejemplo más repulsivo de hasta qué punto puede pervertirse y degradarse una persona, y hasta qué grado puede matar en sí mismo todo sentimiento moral, sin pena y sin remordimientos. A…v era el joven de ascendencia noble al que mencioné antes al decir que informaba a nuestro mayor de todo lo que se hacía en el penal, y que era amigo de su asistente, Fedka. Esta es su breve historia: no habiendo acabado los estudios en ninguna parte, tras reñir en Moscú con sus padres, asustados de su conducta depravada, llegó a Petersburgo y, para procurarse dinero, decidió acometer una vil delación, es decir, decidió vender la sangre de diez hombres para satisfacer inmediatamente su inextinguible sed de los más groseros y perversos placeres, en los que, seducido por Petersburgo, por sus confiterías y sus calles Meshánskaya[32], cayó hasta tal punto que, sin ser nada imbécil, se arriesgó en una empresa loca e insensata. Pronto le descubrieron. En su denuncia había implicado a personas inocentes, había engañado a otras, y por todo ello le deportaron a Siberia, a nuestro penal, por diez años. Aún era muy joven, la vida para él apenas comenzaba. Podría pensarse que un cambio tan terrible en su suerte debería haberle impresionado o suscitado en su naturaleza alguna reacción, alguna quiebra. Pero él había aceptado su nuevo destino sin la menor turbación, sin la menor repulsa, no se rebeló moralmente contra él, ni le causó temor alguno, salvo quizá por la obligación de trabajar y de despedirse de las confiterías y de las tres calles Meshánskaya. Le parecía incluso que el nombre de presidiario le daba rienda suelta para bajezas y villanías aún mayores. «Un presidiario es un presidiario. Si se es presidiario, se pueden cometer bajezas sin avergonzarse». Literalmente, ésa era su opinión. Recuerdo a aquella criatura repulsiva como si se tratase de un fenómeno extraño. Viví varios años entre asesinos, degenerados y malhechores consumados, pero afirmo categóricamente que nunca en mi vida he visto una degradación moral tan completa, una perversión tan consumada y una bajeza tan insolente como las de A…v. Había entre nosotros un parricida, de clase noble, a quien ya mencioné; llegué a estar convencido, por muchos gestos y hechos, de que incluso él era incomparablemente más noble y más humano que A…v. A mis ojos, durante toda mi vida en presidio, A…v no dejó de ser un trozo de carne con dientes y estómago y con una insaciable sed de los placeres corporales más groseros y bestiales; para satisfacer el más pequeño y caprichoso de esos placeres era capaz de matar y degollar con la mayor sangre fría; en una palabra, era capaz de todo, con tal de que nadie le viese ni lo supiese. No exagero nada; yo conocí bien a A…v. Era un ejemplo de hasta dónde puede llegar el lado carnal del hombre, sin someterse interiormente a ninguna norma, a ninguna ley. ¡Cómo me repugnaba mirar su eterna sonrisa burlona! Era un monstruo, un Quasimodo moral. Añádase a eso que era astuto y listo, apuesto, algo instruido y con ciertas aptitudes… No, mejor el fuego, mejor la peste y el hambre, que semejante hombre en una sociedad. Ya dije que en el penal todo estaba tan envilecido que florecían el espionaje y las delaciones y que los presos jamás se enfadaban por eso. Al contrario, todos se mostraban muy amigables con A…v y le trataban de modo incomparablemente más amistoso que a nosotros. Los favores que le dispensaba el borracho de nuestro mayor aumentaban a sus ojos su importancia y su peso. Entre otras cosas, había convencido al mayor de que sabía hacer retratos (a los presos les aseguró que era teniente de la Guardia), y éste mandó que lo enviasen a trabajar a su casa para que le hiciera uno. Allí se juntó con Fedka, el asistente del mayor, quien tenía una extraordinaria influencia sobre su amo y, por consiguiente, sobre todo y todos en el presidio. A…v nos espiaba por orden del mayor, pero éste, cuando estaba borracho, le abofeteaba y le tachaba de espía y delator. A menudo, después de pegarle, el mayor se sentaba en una silla y le ordenaba que continuase su retrato. Al parecer, nuestro mayor estaba convencido de que A…v era un pintor excelente, casi como Briúllov[33], del que había oído hablar; pero, con todo, se consideraba con derecho a abofetearle, porque «por muy artista que seas, aquí sólo eres un recluso y, aunque fueses el propio Briúllov, yo seguiría siendo tu jefe y, por tanto, puedo hacer contigo lo que quiera». Por cierto, obligaba a A…v a quitarle las botas y a sacar de la alcoba los bacines. Sin embargo, durante mucho tiempo no pudo renunciar a la idea de que A…v era un gran pintor. El retrato se fue dilatando interminablemente, casi un año. Por último, el mayor se dio cuenta de que le estaban tomando el pelo y, al llegar a la conclusión de que el cuadro nunca se acabaría, y de que, por el contrario, cada día se le parecía menos, montó en cólera, apaleó al pintor, y lo mandó como castigo al presidio, a los peores trabajos. A…v, visiblemente, se lamentaba de ello, y se le hacía muy duro renunciar a los días de fiesta, a las migajas de la mesa del mayor, a su amigo Fedka y a todos los dulces que ambos se preparaban en la cocina del mayor. Por lo menos, al deshacerse de A…v, el mayor dejó de perseguir a M., el preso al que A…v denunciaba constantemente, por esta razón: M. estaba solo cuando llegó al penal A…v. Se aburría enormemente; no tenía nada en común con los demás presos, les miraba con horror y desprecio, sin advertir ni ver todo lo que podría reconciliarle con ellos, y no les trataba. Los presos le pagaban con la misma moneda. En general, la situación de la gente semejante a M. en el presidio es terrible. La causa por la que A…v fue a parar al penal no la conocía M. Por el contrario, A…v, adivinando con quién trataba, le aseguró enseguida que le habían deportado por una denuncia contra él, casi por lo mismo que habían deportado a M. Éste se alegró mucho de encontrar a un compañero, a un amigo. Le seguía a todas partes, le consoló en sus primeros días de presidio, suponiendo que debía sufrir mucho, le dio hasta el último kopek, le alimentó, compartió con él las cosas más indispensables. Pero A…v enseguida le tomó odió, precisamente porque M. era una persona noble, porque se horrorizaba ante cualquier bajeza, porque, en definitiva, no se parecía a él. Todo lo que M., en sus anteriores conversaciones, le había dicho del penal y del mayor, A…v, a la primera ocasión que tuvo, corrió a contárselo a éste. El mayor tomó un odio feroz a M. y le sometió a toda clase de vejaciones y, de no haber sido por la influencia del comandante, le habría causado una desgracia irreparable. A…v no sólo no se inmutó cuando más tarde M. se enteró de su bajeza, sino que incluso se complacía en encontrarse con él y mirarle burlonamente. Por lo visto, eso le proporcionaba un gran placer. A mí me lo hizo notar varias veces el propio M. Aquel ser despreciable se escapó más tarde con un preso y un escolta, pero de esa fuga hablaré más adelante. Al principio, también trató de embaucarme a mí, pensando que yo no conocía su historia. Repito que envenenó mis primeros días de presidio, haciendo mayor mi pena. Yo estaba horrorizado ante aquella terrible bajeza y ruindad a la que me habían condenado y en la que me encontraba metido de lleno. Pensaba que allí todo era igual de vil y ruin. Pero me equivocaba: juzgaba a todos por A…v.


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