Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Al ingresar en el penal yo tenía algún dinero; llevaba encima poco por temor a que me lo quitasen, pero, por si acaso, tenía escondido, es decir, pegado en la cubierta del Evangelio, que uno podía llevar consigo al penal, algunos rublos. Ese libro, con el dinero pegado dentro de él, me lo habían regalado en Tobolsk personas que también sufrían la deportación desde hacía varias décadas y que llevaban ya mucho tiempo acostumbradas a ver en cada desgraciado a un hermano. Hay en Siberia, y casi nunca faltan, personas que se han impuesto como misión en la vida el cuidado fraterno de los desgraciados, la desinteresada y santa compasión y consuelo de ellos, como si fuesen sus hijos. No puedo dejar de recordar aquí brevemente cierto encuentro. En la ciudad en la que se hallaba nuestro penal vivía una señora, Nastasia Ivánovna, una viuda. Naturalmente, ninguno de nosotros, al estar en el penal, podía conocerla personalmente. Parecía que ella había elegido como misión de su vida la ayuda a los deportados, pero de quien más se ocupaba era de nosotros. ¿Había en su familia alguna desgracia semejante, o algún ser especialmente querido y allegado a su corazón que había sufrido por el mismo crimen? El hecho es que se consideraba particularmente dichosa haciendo por nosotros cuanto podía. Mucho, sin duda, no podía: era muy pobre. Pero nosotros, estando en el presidio, sentíamos que allí, fuera de él, teníamos una fiel amiga. Entre otras cosas, ella nos comunicaba a menudo noticias que nos hacían mucha falta. Al salir del penal, de camino a otra ciudad, aproveché la ocasión para hacerle una visita y conocerla personalmente. Vivía en las afueras, en casa de unos parientes cercanos. No era ni vieja ni joven, ni buena ni mala; incluso ni siquiera se podía saber si era inteligente y culta. Sólo se advertía en ella, a cada paso, una infinita bondad, un insuperable deseo de complacer, de aliviar las penas, de hacer por nosotros sin falta algo agradable. Todo ello se reflejaba en sus ojos serenos y bondadosos. Pasé casi una tarde entera en su casa con algunos compañeros de presidio. Ella nos miraba a los ojos, reía cuando nosotros reíamos, se apresuraba a mostrarse de acuerdo con todo lo que decíamos; se desvivía por agasajarnos con lo poco que tenía. Nos ofreció té, un aperitivo, algunos dulces, y, si hubiese tenido miles de ellos, se habría alegrado sólo de poder complacernos mejor y aliviar las penas de nuestros compañeros que se quedaban en el presidio. Al despedirnos nos dio a cada uno una pitillera como recuerdo. Las había hecho para nosotros con trozos de cartón (¡Dios sabe cómo estaban pegados!), recubiertos por un papel de colores, como el que se usa para forrar los manuales escolares de aritmética (puede que, en efecto, los sacara de alguna aritmética). Como adorno, los bordes de las pitilleras llevaban una fina cenefa de papel dorado, para el que, seguramente, habría recorrido las tiendas. «Ustedes fuman cigarrillos, entonces, quizá les sean útiles», dijo, como si se disculpase tímidamente ante nosotros por su regalo… Dicen algunos (lo he oído y leído) que el más sublime amor al prójimo es, al mismo tiempo, el mayor egoísmo. No consigo comprender qué egoísmo había en ello.