Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Aunque al ingresar en el penal no llevaba mucho dinero, no podía enojarme seriamente con aquellos reclusos que, casi en las primeras horas de mi vida carcelaria, después de haberme engañado una vez, venían ingenuamente a pedirme dinero prestado dos, tres y hasta cinco veces. Reconozco sinceramente que me dolía mucho que toda aquella gente, con sus ingenuas astucias, probablemente me tomara por tonto e imbécil y se riera de mí, precisamente porque por quinta vez yo les daba dinero. Sin duda, les debía parecer que me engañaban fácilmente, y si, en cambio, me hubiese negado y les hubiese evitado, estaba seguro de que me habrían respetado muchísimo más. Sin embargo, por mucho que me doliese, no podía negarme. Me sentía dolido porque en esos primeros días pensaba seriamente y con inquietud cómo y con qué pie entraría en el presidio, o, mejor dicho, con qué mano tendría que tratarles. Sentía y comprendía que aquel ambiente era totalmente nuevo para mí, que estaba completamente entre tinieblas, y que entre tinieblas era imposible vivir tantos años. Necesitaba prepararme. Naturalmente, decidí que, ante todo, debía ser sincero, como ordenaban mis sentidos y mi conciencia. Pero también sabía que eso sólo era un aforismo y que tenía ante mí la práctica más imprevista.