Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Por eso, a pesar de todas las pequeñas preocupaciones de mi instalación en el presidio, de las que ya hablé, y en las que me dejaba llevar preferentemente por Akim AkÃmich, y pese a que me distrajeron algo, una angustia terrible, ponzoñosa, me atormentaba más y más. «¡La casa muerta!», me decÃa, al mirar a veces en el crepúsculo, desde el portal de nuestro barracón, a los presos que regresaban del trabajo y que deambulaban perezosamente por la plazoleta del patio, yendo de los barracones a las cocinas y viceversa. Les miraba y, por sus caras y sus movimientos, intentaba adivinar qué clase de gente era y qué carácter tenÃa. Pasaban delante de mà con la frente ceñuda o demasiado alegres (estos dos tipos son los más frecuentes y casi caracterÃsticos del penal), se insultaban o simplemente conversaban o, por último, paseaban en solitario, como meditabundos, silenciosamente, con pasos regulares, algunos con cara cansada y apática, y otros (¡incluso aquÃ!) con aire de provocadora superioridad, el gorro ladeado, la pelliza al hombro, una mirada insolente y maliciosa y una sonrisa descarada. «Todo esto es mi ambiente, mi mundo de ahora, con el que, quiera o no, debo vivir…», pensaba yo. Intenté informarme sobre ellos preguntando a Akim AkÃmich, con quien me gustaba mucho tomar el té para no estar solo. De paso diré que el té constituÃa en aquellos primeros tiempos casi mi único alimento. Akim AkÃmich no renunciaba al té y lo preparaba personalmente en nuestro pequeño y gracioso samovar, hecho por nosotros con una lata, que me habÃa prestado M. Akim AkÃmich solÃa beber un vaso (hasta tenÃa vasos), lo bebÃa en silencio y ceremoniosamente, me lo devolvÃa, me daba las gracias y enseguida seguÃa confeccionando mi manta. Pero era incapaz de decirme aquello que yo necesitaba saber, es más, no comprendÃa por qué me interesaba yo tanto por los caracteres de los presos que nos rodeaban y que tenÃamos tan cerca, y me escuchaba con una sonrisilla picarona que recuerdo muy bien. «No, es evidente que tengo que averiguarlo por mi cuenta, sin preguntar a nadie», pensé.