Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Cuando por la tarde, al acabar el trabajo del mediodía, regresé al penal, cansado y agotado, una espantosa pena se apoderó de mí. «¿Cuántos miles de días como este tengo por delante, todos iguales, idénticos?», pensé. En silencio, al anochecer, paseé por detrás de los barracones, a lo largo de la empalizada, y de pronto vi a nuestro Shárik, que venía corriendo derecho a mí. Shárik era el perro del presidio, como hay perros de una compañía, de un batallón y de un escuadrón. Vivía en el penal desde tiempos inmemoriales, no pertenecía a nadie, a todos les consideraba sus amos y se alimentaba con las sobras de la cocina. Era un perro bastante grande, negro con manchas blancas, no muy viejo, con ojos inteligentes y una cola lanuda. Nadie le acariciaba nunca, nadie le hacía ningún caso. Desde el primer día, yo le acaricié y le di de comer pan en mi mano. Al acariciarle yo se quedaba quieto, me miraba cariñosamente y, en señal de alegría, meneaba suavemente la cola. Ahora, como hacía mucho que no me había visto, a mí, el primero en varios años que había tenido la idea de hacerle unas caricias, corría buscándome entre todos y, al descubrirme tras los barracones, vino ladrando a mi encuentro. No sé qué me pasó, pero me puse a besarle y le abracé la cabeza; él levantó las patas delanteras, las puso en mi hombro y empezó a lamerme la cara. «¡Este es el amigo que me envía el destino!», pensé, y desde entonces, cada vez que, en aquellos primeros tiempos, duros y sombríos, volvía del trabajo, lo primero que hacía, antes de entrar en ningún sitio, era irme detrás de los barracones con Shárik, que saltaba delante de mí, ladrando de alegría, cogerle la cabeza y ponerme a darle besos y más besos mientras un sentimiento dulce, y al mismo tiempo dolorosamente amargo, me oprimía el corazón. Recuerdo que incluso me era grato pensar, como si me jactase de mi tormento, que en todo el mundo sólo me quedaba entonces una criatura que me amaba, que me tenía apego: mi amigo, mi único amigo, mi fiel perro Shárik.


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